Gabriel Guanca Cossa: Herencia


A Juanjo Hernández 

La siesta en el patio, haga frío o haga calor. La pileta llena de agua y jabón, la espuma, el olor de la ropa antes y después de ser lavada. Todo eso lo conozco desde muy chica. Durante las siestas de mi infancia, las horas se volvían largas y el aburrimiento espantoso. No tenía muñecas ni amigas.
Hoy lavo grandes cantidades de ropa en pocas horas; casi siempre, antes de echarle jabón al agua, vuelve la imagen de mi mamá fregando y enjuagando, colgando ropa de manera mecánica. Al principio conversábamos mientras lo hacía. Ella me hablaba de su niñez en el campo, o inventaba historias: algunas que me alegraban mucho, otras que me hundían aun más en mis penas.
Hoy, que lavo grandes cantidades de ropa en pocas horas, entiendo por qué hubo un momento en que dejamos de hablar. Me doy cuenta de que, entre palabra y palabra, ella se distraía y descuidaba su labor. Y eso no nos convenía: cuanto más lavara mamá, más dinero ganaría.
Fue entonces cuando el silencio entre las dos me trajo bostezos sin sueño. Me la pasaba mirando. Cuanto más miraba, descubría algunos secretos velados por la siesta. Sentada a la sombra pude ver cómo la ropa colgada reverenciaba al viento: los pantalones movían sus piernas, las remeras agitaban sus brazos como si intentaran volar, las corbatas se retorcían como víboras multicolores.
Era bastante entretenido. Pero sabía que ver lo mismo a diario era ir directo al hastío, porque a la larga resultaría aburrido ver las ropas agitarse siempre de la misma manera. Sólo las sabanas, que a veces hacían panza con distintas formas, renovaban el espectáculo. Igual, después de unos días sabía cómo embolsaban el viento y adivinaba la forma.
Cuando era chica, pensaba que mamá no se aburría. Según mi razonamiento, ella se la pasaba distraída, lavando. Por eso, un día le pedí algo de ropa, quería ayudarle. Me dijo que era muy chica para esas cosas, que no sabría hacerlo y que terminaría estropeando alguna prenda. Me dio tanta bronca que le grité, le dije que estaba aburrida, y ella me miró como para retarme. En ese momento sentí cómo las lágrimas me mojaban el cachete. La mirada de mamá cambió. Con la cabeza ladeada, la oreja casi tocándole el hombro derecho, me dijo que aguantara un cachito, que le faltaban unos cuantos pantalones. Después nos bañábamos y salíamos a caminar un rato. Yo le dije que sí con la cabeza, porque no podía hablar; ella se acercó, se secó las manos en la pollera y me agarró del mentón. Tenía las manos frías, ásperas y con olor a jabón.
Me soltó, buscó debajo de la pileta y sacó un balde celeste. Lo llenó con agua y le echó un puñado de jabón. Me llamó. Metió la mano y agitó el agua en el balde. Vi cómo se levantaba la espuma. Me dijo que jugara con eso hasta que ella terminase de lavar.
Al otro día, mamá tenía doble cantidad de ropa para lavar, así que yo sola preparé el balde celeste. La tarde anterior, después de bañarnos, nos habíamos quedado en casa. A mamá le dolía mucho la espalda y nos sentamos a charlar: me contó que mi abuela era lavandera, y que ella también se aburría cuando era chica. Me contó que una vez, mi abuela le había enseñado algo así como una fantasía que se lograba con un balde, agua y jabón. Le dije que yo no había encontrado nada fantástico en eso, que más bien me parecía estúpido eso de jugar con la espuma. Entonces me sonrió y me contó el secreto.
Desde ese momento supe qué hacer con el balde, el agua y el jabón. Jugaba a que yo era el viento y las espumas eran nubes y el fondo del balde, el cielo. Después era al revés: el cielo era cielo y el fondo del balde mar, las espumas eran islas pequeñas, lástima que no había barcos.
Hoy recuerdo que desde un principio sabía que, al final, de eso también me iba a aburrir. Y cuando eso me aburrió, mi mamá volvió a ingeniárselas para darme algo con qué entretenerme.
Pero un día se terminó. Mi mamá se enfermó y tuvo que dejar de lavar. La última vez que la vi fue en un hospital. Estaba dormida y no me dejaron hablarla. Una de mis tías se hizo cargo de mi crianza, y ahí sí que había de todo, menos un balde con agua y jabón.
Al año, mamá murió de algo que no me interesa recordar, como no me interesa recordar lo que ocurrió después.
No sé por qué hay imágenes que están, que sobreviven, y otras que se van, se borran. Sé que hay un recuerdo para cada momento; por eso, cada vez que veo la espuma o cuelgo algún pantalón, me acuerdo de mamá, de sus manos ásperas y frías, de sus relatos; recuerdo sus intentos de meter cielo y mar en un balde para que yo no me aburriese. Esa actitud desesperada que recién hoy comprendo, cada vez que lleno de agua un balde, le echo jabón y se lo entrego a mi hija para que juegue.



Fuente│¿Literatura? Historia de un amor no correspondido... Blog de Gabriel Guanca Cossa
Video│Biblioteca Parlante Haroldo Conti

Carlos Skliar: Hablan solos


Hablan solos.

A veces se los ve a un costado del sol o frente a los árboles o encima de la luna junto a todos los perros. Hablan solos, pero dicen algo, dicen algo a alguien: a su propia infancia, a sus padres también huérfanos, a un fragmento aún lúcido de ellos mismos.
Hablan solos porque necesitan decir lo mismo, sin importar que otros ya no quieran escucharlos.
Hablan solos para sostener los párpados de quienes ya se han muerto. Para que el frío pueda ser rebatido con sus palabras. Para que el amor no los vuelva a dejar en el umbral aciago de la penumbra. Hablan solos porque una conversación trunca les persigue desde siempre.

Fuente│MDZ Cultura & Ciencia Poemas de verano: Carlos Skliar

Murga Agarrate Catalina: La niebla





Recitado
Domingo 32 de otoño, La niebla.
La niebla lo invade todo.Este cuarto que no eligió, este mundo que no es el suyo y estos ojos desconocidos que la miran, la buscan y aseguran conocerla. Acá la niebla, más allá también la niebla sobre sus manos viejas como de piel de papel sobre los huesos de antiguo barro valiente todavía caminante. Y en el medio de toda esa niebla, ella de espaldas a las ventanas herrumbradas de su presente baldío, de frente al abismo de su pasado, al velatorio continuo de sus memorias desvencijadas, famélicas, suicidas. 
A veces un sorbo de sol tibio la separa de la niebla y una lucidez con vida de mariposa de dos segundos desesperada y heroica, consigue traer de nuevo a sus padres, juntar nombres con rostros y revivir un domingo hecho del tiempo en el que su amor está siempre vivo en donde siempre hay baile, en donde siempre hay risa, y donde siempre es feliz como era. Un instante más y la mariposa caerá aplastada por el plomo implacable de una niebla invencible. Beso su mejilla ahora incalculablemente distante. Ella pregunta quién soy. La niebla otra vez lo invade todo.

Cantado
Solita en un rincón
de un tiempo que murió
hace algún tiempo atrás
sin horas ni reloj
Ausente en ese vals
de cínico compás
bailando en un montón
de niebla y soledad
Y yo no sé, no sé cómo llegar
Y solo sé, tan solo sé cantar
y agradecer que puedo recordar
tus caricias piel de sol y terciopelo
Perdida entre tu piel
se ríe tu niñez
se ríe y vos te vas
Te abrazo donde estés
Y yo no sé, no sé cómo llegar
Y solo sé, tan solo sé cantar
y agradecer que pude disfrutar
de tus mimos de budín y caramelo
de tus mimos de budín y caramelo.


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Juan L. Ortiz: No te detengas alma sobre el borde...


No te detengas alma sobre el borde
de esta armonía
que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.
¿De qué música?



¿Temes alma que sólo la mirada
haga temblar los hilos tan delgados
que la sostienen sobre el tiempo
ahora, en este minuto, en que la luz
de la prima tarde
ha olvidado sus alas
en el amor del momento
o en el amor de sus propias dormidas criaturas:
las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?
¿O es que temes, alma, su silencio,
o acaso tu silencio?
Serénate, alma mía, y entra como la luz
olvidada, hasta cuándo?
en este canto tenue, tenuísimo, perfecto.

Juan L. Ortiz. (De El aire conmovido, 1949). Obra Completa, p. 354

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Soledad, sola. Por Carlos Skliar


Soledad tiene ahora 51 años, los cabellos blancos antes de tiempo, arrugas finas y sostenidas desde la nariz hasta las sienes, todo el mundo parece caber en su mirada –la impotencia de la vida sola, la potencia de aquello que puede descubrirse a todo instante, la fragilidad de lo que nunca se aprende-, y una extraña terquedad por saber de qué están hechas las mandalas. 

Su percepción va más allá de lo posible y se detiene en cada color que no miramos, en el movimiento que no percibimos, en los gestos que siempre pasan desapercibidos: la hormiga lenta, retrasada de su hilera, el olvido impune de un saludo ocasional, el modo en que se abre o se cierra una puerta, la caída del agua entre las piedras cuando es invierno, el cambio de tonalidad de los ojos de quien se acerca, y el presagio infalible de una nueva lluvia. 
Hace magia con papeles en apariencia inservibles: un pájaro que levanta vuelo, el barco que nunca naufraga, la casa donde quisiera vivir por las tardes y decenas de sombreros que nunca guarda.

Hasta los 40 años vivió, reclusa, en el hogar de sus padres, sin que hubiera una ventana desde donde adivinar el mundo, una abertura al cielo, a la tierra, a los pasos de la gente, a la sombra que la tarde arroja sobre las madreselvas. Reclusa, recluida, prisionera, su madre le autorizaba a salir de la cama –ese reino de sábanas sucias, el desquicio del olor asfixiado- solo para comer algún desperdicio y para, luego, expulsarlo en el baño; su padre la veía como un castigo de dios, decía que había nacido así porque él no había sido lo suficientemente bueno como para una normal descendencia; apenas si le permitía acompañarle a misa para un probable conjuro o una expiación unánime.

Fue a la escuela por primera vez cuando tuvo 46 años. No miraba a nadie, a ninguno. No había mirada para lo humano: todo le resultaba invisible, inservible. No sonreía -¿porqué debía hacerlo?- y no dejaba que nadie la tocase. Se quitaba las ropas, siempre oscuras, siempre grises, para ir al baño entre medio de la gente y se mordía los dedos hasta sangrarse en señal de dolor cuando menstruaba.

Vive ahora en una residencia para ancianos. De algún modo lo es, aunque va a la escuela todos los días, porque también es niña; o tal vez no es ni vejez ni infancia y sigue aprisionada en la edad eterna del todo y de la nada, ese tiempo inaudito en que las cosas que creemos importantes nada duran, y las más pequeñas contienen la duración de los siglos.

¿Cómo decirlo, cómo contártelo? Ninguna frase hecha está hecha del todo: parece una mirada niña dentro de un cuerpo cabizbajo; como si sus ojos apreciaran todavía el nacimiento de una flor y el resto no fuese más que la carne seca de un sepulcro descuidado, abandonado, destituido de voz; parece como si su cuerpo haya crecido más allá de sus sentidos, más lejos que sus pies y aún más de prisa que su tiempo aquietado, adormecido.
O quizá no haya relato alguno para ciertas formas de vida, y lo extraordinario sea, entonces, la presencia abrasadora y asombrosa del silencio.

Carlos Skliar en Facebook

Carlos Skliar: 14 fragmentos para una poética educativa

Entre "no tienen prisa las palabras" (Candaya, 2012), "hablar con desconocidos" (Candaya, 2014) y otros textos sin libro.

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1. Pensar como escuchar. Todo pensamiento nace en otro sitio, en otra soledad, en otra persona. La noche no puede ordenarse a voluntad, ni tampoco los ríos recorren los sitios que deseamos. Un concepto se sostiene por la fuerza brutal de lo que no miramos, por la banalidad de creer en lo que apenas está frente nuestro o por todo aquello que se vuelve indiferente a las palabras. ¿Qué pensar, cómo hacerlo cuando uno no va hacia el tiempo, sino el tiempo hacia uno? Pensar a partir del anuncio de un abismo: lo que creíamos antes no eran más que muletas precarias derrumbadas al caminar de espalda. Pensar como desear: la boca tiembla. Pensar como fragilidad: el sentir es primero. Pensar como temblor de la lengua: uno debería callarse si quisiéramos que algo ocurra.

2. Mirar como tocar. Hacer de cuenta que es posible acariciar las rarezas, tocar la parte más esquiva del sol, o la curva del relámpago, o la transparencia de los lados de la lluvia. Mirar con prudencia, para que el tiempo se lleve su propia soledad. Mirar con estupor: como si el deseo estuviera encendido desde antes. Mirar con ternura: como si no hubiera más que infancia. Mirar con sencillez: lo mirado no precisa ser nombrado ni arrastrado. Mirar como acompañar un cuerpo aún indeciso. Mirar para afirmar lo presente, lo que permanece ni muy lejos ni muy cerca: mirar enredado al alrededor. Mirar como lo opuesto de escaparse. Mirar como escuchar.

3. Enseñar como mostrar. No como torsión hacia el dolor: mostrar el árbol que aún no existe, la trayectoria invisible de un sonido hasta su inesperada palabra, la rebelión de una idea y sus cenizas, el instante en que la lluvia es posterior a su semblanza. Enseñar como señalar, no como acusación de ignorancia: señalar hacia lo más lejano y lo más próximo, darse cuenta de lo mínimo y olvidar lo absoluto, mirar hacia los lados como quien se sumerge en turbulencias. Enseñar como dar, no como mezquindad partida: dar lo que nos viene, lo que no es nuestro, lo que todavía no nace ni muere, dar la voz que ya se tenía en el instante que no se sabía. Enseñar como partir, no como llegada a puerto.

4. Hablar como conversar. El mundo dicta travesías, enredos aún vacíos, tránsitos ocultos y direcciones prohibidas. Hablar como tocar: las palabras son garras, sobrevuelo, piel abierta, aire enrarecido. Hablar sin sobreponer cuerpos. Hablar cuando el gesto haya partido, cuando no exista dádiva ni perdón ni complacencia. Hablar con voz baja, inclemente, desguarnecida. Hablar para decir lo inocultable, para nombrar algo de luz cuando ya no queda nada, para dar aroma al desierto, humedad a las despedidas. Hablar desde la punta de los pies cuando se es ciénaga y con el vientre cuando se es niño. Hablar cuando alguien se curva y es de exilio su impotencia. Hablar como dudar, como imponer círculos abiertos entre las líneas rectas, como destruir el hábito de la lengua. Hablar para susurrar que toda verdad es incierta.

5. Aprender como escapar: de la voz alta, de la línea que nunca rebalsa, de lo que se supone centro. Aprender como salir: salir al mundo, a lo indeciso, subirse al movimiento de las cosas, acariciar las periferias. Aprender de aquello que se escapa y escaparse con aquello que está demasiado quieto. Aprender como darse cuenta que una nube y otra nube no conforman ningún pájaro, como inspirar y no como quejido, como pies desnudos sobre una tierra incierta. Aprender de todo lo que se sonroja, de lo que tiembla, de lo que no tiene nombre y nace y muere y ya no existe. Aprender para nada. Aprender como inutilidad para engañar al tiempo. Aprender durante la caída de la hoja, durante el descenso de la lluvia, durante el declive de la espalda. Aprender de los vaivenes, de las zozobras, de lo que nunca nos observa. Aprender como fragilidad: exponerse al viento. Aprender como desear: mirar una mirada, deshacerse el pensamiento.

6. Desear como respirar. El escondite ya no existe, no hay velos ni argumentos ni resquicios. Por eso sorprende: nadie se acostumbra a su cuerpo desnudo tanto tiempo. La ropa ni siquiera está por dentro, todo es piel, incluso las vísceras, incluso el espacio. El deseo y la soledad son enemigos. El deseo es el aire impenetrable que no duerme. La soledad es el hábito. Desear como morder, como el desplante de la norma, como aquello que tendrá que acontecer hasta antes de la muerte. Desear como quebrar el trazado ya pensado. Desear como destruir el pacto con los espejos. Desear como la tormenta que nunca acaba. Desear, no como ley. Sí como desordenado fundamento.

7. Esperar como atravesar. Nada es tan importante, cada cosa lo es: un libro cerrado que espera su canto, una risa absuelta, el doblez de la piel. Esperar sin sillas, sin puertas cerradas. Esperar lo pasado en el presente, como si lo que viniese fuera una desatención. Se espera hacia atrás porque el futuro tiene rostro amargo, sucio, voraz. Esperar como temblar: esperan los ojos aquello que los pies caminan, espera la boca aquello que todavía no dirá. Esperar como un bosque claroscuro. Esperar la lluvia sin adelantarse al resguardo, esperar el amor sin delatar el adiós, esperar al niño sin obligarlo a la noche. Esperar como transformarse. Esperar como detención.

8. Educar como caminar. Encontrar el propio paso, el propio peso y la propia liviandad, la breve y fugaz medida de los átomos, las circunferencias y las páginas escritas o todavía blancas. Quitarse de uno, de lo que yo se es, de lo que yo se sabe: lo idéntico a sí mismo no provoca sino necedad y hartazgo. Irse al mundo: a las tumbas de los poetas, a los cielos próximos, al pasado menos reciente, a la duración de lo frágil, a los gestos que todavía están inmóviles. Educar como retirarse, irse lejos de casa, lejos de todo punto de partida. Educar como respiración: nada se aprende del ahogo. Educar como escapar: de la apatía, de la tiranía, del vozarrón. Educar como regresar a ese sitio donde nunca estuvimos antes.

9. Escribir como no morir. Al contrario: hay demasiada vida cuando las palabras recorren los sitios abandonados, los oscuros pasadizos donde el cuerpo no pasa, la imposible claridad de una tarde cuando aún es madrugada. Pero la vida significa tantas cosas: la casa sola, el destierro de cada hombre, el abismo al que nos asomamos, la voz que es el hilo más débil para anudarnos y, sobre todo, los ojos que se abren y comienzan a desear lo que nunca vieron. Decir lo que ya se ha dicho, pero con otras palabras. Encontrar el secreto que nunca nos confesaron.

10. Cuerpo como lenguaje, no como frontera: lo que el cuerpo no puede dejar de sentir, ni escuchar, ni mirar, ni pensar, ni decir, ni decirse. Un lenguaje habitado por dentro y no apenas revestido por fuera. Como la piel, también el lenguaje toma a veces la forma de un latido cardíaco o de una agitación del respirar o de un extraño y persistente movimiento; otras veces, se convierte en muralla, en defensa, en contención. No debería utilizarse el lenguaje solo como recubrimiento o encubrimiento de la vida. Deberíamos ser capaces de un lenguaje como sentido y no solo como sensibilidad. El lenguaje como desorden, como desobediencia, como una suerte de rebelión frente a un mundo que cada vez nos envejece más de prisa. Un lenguaje a flor de piel. Una piel a flor de lenguaje.

11. Saber como soltarse. Quienes ya saben están amarrados a una cosa que desea moverse todo el tiempo. No se dan cuenta que es lo otro lo que nos lleva a rastras: un perro pasea a su dueño, una mesa recibe a los comensales, un pez exánime nos habla del agua impura, la noche nos hace vulnerables. Y algún libro –es decir: algún amigo- nos da las palabras que nunca tuvimos.

12. Verdad como atención. Se trata sólo de escuchar. Como si no hubiera más que un lenguaje que nunca es tuyo, hecho de fragmentos que no se poseen. Como si por un instante lo ajeno se volviera próximo y lo próximo, prójimo. Como si dejaras tus oídos en medio del camino y prescindieras de cada palabra conocida. Como si cada desconocido encarnase la posibilidad de una verdad.

13. Preguntar como vaciar. Hasta hace no demasiado tiempo lo humano era la incógnita de lo humano. Lo desconocido provocaba pasión y miedo y eso mismo era la vida. Cada quien hacía lo que bien pudiera: amaba con partes distintas de su cuerpo, soñaba con otro tiempo en otro sitio, miraba lejos y pensaba cerca, reclamaba para sí lo que aún no era de nadie ni todavía existía. Había quienes nada podían, es cierto. Y también quienes todo lo podían y duraban una ráfaga. Si es verdad, como se dice, que los tiempos han cambiado y que ya nada es como era, será porque el mundo está repleto de especialistas y porque la incógnita parece estar vacía.

14. Ignorar como buscar. No saber qué palabra es la que pronuncia el primer temblor y su posible desvanecimiento. No saber quién guarda las historias que nunca se cuentan o el silencio que persiste más allá del consuelo. No saber desde cuándo una sombra nos sigue ni cuando nos suelta. No saber qué es la lluvia cuando aún no ha venido, ni el rastro de un pájaro cuando aún no hizo vuelo. No saber de qué está hecha la belleza, a no ser de fe, de ceguera y fuego. Dudar siempre de qué lado de una pesadilla nos encontramos, así como jamás saber si hubo un sueño o fuimos soñados por otros. Carecer de nociones sobre el amor cuando se ama y menos sobre la vida en ese instante en que todo está demasiado calmo. No imaginar el decorrer el tiempo, porque no hay sonido o hueso o sangre que logre detenerlo. Desconocer qué seguirá a la voz que nos llama, al cuerpo que viene, al ardor que abraza. Todo lo que sabemos de nosotros proviene de cada una de nuestras ignorancias.


Para conservar el calor

Me sostengo el rostro entre las manos.
No, no estoy llorando.
Me sostengo el rostro entre las manos
para calentar mi soledad:
dos manos protegiéndome,
dos manos alimentándome,
dos manos impidiendo
que mi alma se sumerja
en la ira.

Thich Nhat Hanh (monje zen y poeta vietnamita)



Vía│Casassus, Juan (2007). La educación del ser emocional. Segunda edición.

Juana de Ibarbourou: Despecho

¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto,
tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;
tanto, que este rictus que contrae mi boca
es un rastro extraño de mi risa loca.

Tanto, que esta intensa palidez que tengo
(como en los retratos de viejo abolengo),
es por la fatiga de la loca risa
que en todos mis nervios su sopor desliza.

¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma,
pues como la angustia, la alegría enferma.
¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!
¿Cuándo más alegre que ahora me viste?

¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos.
Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,
es por el esfuerzo de reírme tanto...

Juana de Ibarbourou 


photo credit: Dogan Kokdemir via photopin cc

Silvina Ocampo: Si la verdad se vuelve una mentira...

Si la verdad se vuelve una mentira,
si se vuelve dolor la dicha aviesa,
si se vuelve alegría la tristeza
con sus falsas promesas cuando expira,

si la virtud a la cual en vano aspira
mi vida frustra la habitual promesa,
si el corazón de odio o de amor me pesa
y al helarse cual mármol, aún suspira.

Si no pude enmendarme al recibir
la ingratitud de los que más he amado
ni pude ensombrecerme al eximir

de mi cariño a los que me han colmado,
será porque los dioses me han herido
del inocente horror de haber nacido.

Silvina Ocampo

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Valer la pena. Por Carlos Skliar

¿Vale la pena algo, alguien?

Por supuesto que la pena vale, que ciertas penas valen la pena.

A dos solitarios cualesquiera les vale mucho la pena, por ejemplo, el rozarse. Pues cuando una piel se aparta de otra, hay abismo, indefensión, el cuerpo se vuelve errático, y duele como duelen las trampas necias de la palabra.

Rozarse no cambia nuestro origen y destino de grieta: somos una existencia herida.

Pero: ¿qué vale más la pena: rozarse y después agrietarse aún más? ¿O no rozarse y seguir siendo la grieta anterior? ¿Qué relato permanecerá como nuestro: el de ser una grieta osada o una grieta medrosa, timorata, espantada?

Rozarse quiere decir: reunir en un espacio indefinido una doble mirada amatoria. Esa mirada no piensa: ejecuta una obra que desconoce por completo desde el inicio hasta el final. Da órdenes sin ton ni son a las manos, a las piernas, a la boca, al cuello, a los labios, al silencio.

La mirada amatoria ve más que un águila y prefiere el periscopio al microscopio.

Si los solitarios que se rozan se alejaran un milímetro, si por alguna extraña razón tuvieran que apartarse, la bruma se vuelve infinita y comienza una escena bien distinta: el desencanto, la promesa en la ronca madrugada, la palabra como indecisión, o el adiós como indiferencia.

Cuando la mirada amatoria se quiebra todo regresa a su ausencia inicial, al lugar donde cada uno estará como siempre estuvo: con los ojos solos, el pasado solo.

Y aún así vale la pena la mirada amatoria porque no busca asimilarse ni violentarse. La pena viene después, es posterior: una pena que vale es la que resuelve si algo, alguien, recalará luego en el recuerdo o se esfumará para siempre en el olvido.

Solo hay dos cosas que de verdad no valen la pena: el desamparo y el maltrato.

Porque si una pena vale no es necesario despojar al otro del suelo que pisaba, ni golpear su cuerpo con objetos punzantes como las palabras.

Los solitarios no piensan en los límites sino en esa suerte de tristeza irremediable que causa el movimiento perpetuo de la pena: esa pena que sobreviene cuando se sabe, desde el inicio, que algo vale completamente la pena.

Encontrarse dos o más penas, esa es la pena mayúscula: se pierde de vista la salida, es cierto, pero lo que más duele es el extravío del doble deseo.

Es por eso que los solitarios establecen criterios rigurosos para diferenciar con cierta honestidad el valer la pena, el a duras penas, el estar apenado y el dar pena.

Los solitarios no se miran de reojo, sino de espaldas, porque saben que la despedida será un hecho.

Si se miran al espejo les ocurre lo mismo que a Borges: se ven solos, y no hay nadie en el reflejo.

Viven en casas pequeñas con ventanales grandes para apreciar si es par o impar la soledad de la gente.

Les apasiona leer a Clarice Lispector y, por otras razones, también a Kafka.

Nos hacen escuchar una canción de Caetano Veloso –“Qualquer maneira de amor vale a pena. Qualquer maneira de amor valerá”-; y dejan sonar incesantemente aquella música de Ivan Lins: “Começar de novo, vai valer a pena”.

Los solitarios creen que vale la pena mucho más la pena en portugués, que esa misma pena en cualquier otro idioma.


Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez